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Interacciones Planta-Microorganismo El papel de los exudados radiculares en la dinámica del microbioma del suelo

La disponibilidad de nutrientes en el suelo influye directa­mente en el comportamiento de las plantas y determina tanto su productividad como la estabilidad de los ecosistemas. Cuando los nu­trientes se distribuyen de manera heterogénea, las plantas emplean mecanismos especializados como el root foraging, caracterizado por la proliferación de raíces en microhá­bitats ricos en nutrientes y por la ac­tivación de interacciones simbióticas con microorganismos del suelo. Un ejemplo destacado es la simbiosis leguminosa-rizobia, capaz de suplir las limitaciones de nitrógeno en sis­temas naturales mediante la fijación biológica (Adomako et al., 2022).

Los microorganismos del suelo desempe­ñan funciones esenciales para el manteni­miento y productividad de los ecosistemas terrestres. Entre sus múltiples roles desta­can la liberación de nutrientes a partir de minerales y materia orgánica, la fijación biológica de nitrógeno (N₂) y la formación de agregados del suelo, procesos que sostienen la fertilidad y estructura edáfica, la supresión de patógenos y el incremento de la toleran­cia de las plantas frente a diversos estreses ambientales (Philippot et al., 2013; Huang et al., 2014; Banerjee et al., 2018); la capacidad de estos microorganismos para modular respuestas vegetales sugiere que pueden ser considerados como una extensión del feno­tipo de la planta, lo cual abre oportunidades para aprovecharlos en estrategias de manejo biotecnológico.

Estos microorganismos dependen, en gran medida, del metabolismo vegetal y de compuestos clave como los aminoácidos, cuya diversidad participa en procesos ce­lulares como la transducción de señales, regulación génica, formación de proteínas, transporte, locomoción, adhesión y respues­tas metabólicas esenciales para el funcio­namiento microbiano (Hemkemeyer et al., 2021).

La rizosfera constituye un punto crítico de interacción entre las raíces de las plantas y una amplia diversidad de microorganismos.

En este espacio biogeoquími­camente activo convergen pro­cesos que determinan la salud vegetal y el funcionamiento de los ecosistemas. Los estudios recientes evidencian que el en­samblaje y funcionamiento del microbioma rizosférico respon­den a una combinación de facto­res bióticos y abióticos, los cuales operan de manera integrada y dinámica. Hasta un 40% del car­bono fijado por fotosíntesis se libera a la rizosfera mediante ri­zodeposición, elevando la densi­dad microbiana en comparación con el suelo no rizosférico. En un intercambio mutualista, los mi­croorganismos utilizan este car­bono para realizar procesos benéficos para la planta, tales como fijación de nitrógeno, solubilización de fosfatos, quelación de hie­rro, producción de fitohormonas, biocontrol, o mitigación del estrés abiótico.

Además de metabolitos secundarios como benzoxazinoides, cumarinas o triter­penos, las hormonas exudadas por las raí­ces también influyen significativamente en la estructuración del microbioma (Lopes et al., 2022). En este contexto, los exudados radiculares desempeñan un papel central como mediadores entre plantas y microor­ganismos. Estos compuestos determinan la estructuración del microbioma de la rizos­fera, influyen en la adquisición de nutrientes y modulan las respuestas de la planta ante cambios ambientales. Estudios han mos­trado que flavonas secretadas por Zea mays enriquecen a Oxalobacteraceae, mejorando el crecimiento vegetal y la adquisición de nitrógeno o que el ácido glutámico de Fra­garia ananassa favorece el reclutamiento de Streptomyces para controlar la marchitez por Fusarium (Shi et al., 2023).

Bajo deficiencia de fósforo (P), los exudados radiculares adquieren un papel aún más im­portante al contener compuestos capaces de mejorar sustancialmente el crecimiento vege­tal (Yao et al., 2024). Otro de los factores deter­minantes más influyentes es el genotipo de la planta, cuya capacidad para secretar exudados radiculares específicos contribuye al recluta­miento selectivo de microorganismos.

Se ha demostrado que especies y cultiva­res distintos presentan patrones diferencia­les de selección microbiana, lo que deriva en variaciones funcionales del microbioma (Ba­nerjee et al., 2018; Sasse et al., 2018; Williams et al., 2020). En este sentido, la domestica­ción y el mejoramiento genético han gene­rado cambios sustanciales en la comunidad microbiana asociada, en algunos casos redu­ciendo la diversidad y modificando funcio­nes vinculadas al ciclado de nutrientes (Bates et al., 2011). Estos hallazgos sugieren que los programas de mejoramiento deberían con­siderar la interacción planta-microbio como un componente clave para conservar funcio­nes ecológicas beneficiosas.

De manera importante es el papel del suelo como reservorio microbiano ya que las propiedades edáficas, junto con prácti­cas de manejo agrícola influyen de manera significativa en la composición y el poten­cial funcional del microbioma rizosférico (Pérez-Jaramillo et al., 2017; Lau y Lennon). La interacción entre las características del suelo y la selección impuesta por la planta parece determinar no solo qué microorga­nismos colonizan la rizosfera, sino también sus funciones ecológicas; la estructura del microbioma se ve afectada también por los micrositios del suelo; rizosfera, detritusfera y porosfera, cada uno con propiedades físi­co-químicas particulares.

En sistemas agrícolas, prácticas de manejo como labranza, rotación de cultivos y conser­vación de residuos influyen profundamente en la dinámica microbiana. En particular, el sistema de no labranza mantiene canales radiculares históricos y microhábitats que favorecen la persistencia de comunidades microbianas que influencian la coloniza­ción y desarrollo de nuevos cultivos (Zhou et al., 2020). Estudios realizados en huertas nogaleras del centro-sur de Chihuahua evi­dencian cómo distintas prácticas de mane­jo modulan la microbiología benéfica. Por ejemplo, las bandas con glifosato presentan bajas unidades formadoras de colonias y nula presencia de micorrizas, mientras que las zonas con cubierta vegetal muestran in­crementos significativos en bacterias, hon­gos, actinomicetos y una ectomicorrización del 58%, destacando el efecto positivo de la cobertura vegetal sobre la salud del suelo (Tarango y Olivas, 2023).

Más recientemente, se ha reconocido que no solo bacterias y hongos son esenciales para comprender la dinámica del suelo, sino también protistas, los cuales ejercen control trófico sobre otros microorganismos. Sus respuestas diferenciales a exudados y tem­peratura añaden complejidad a la dinámica microbiana, especialmente en el contexto del cambio climático (Fang et al., 2024).

En términos de sanidad vegetal, los exu­dados también contienen compuestos que actúan como quimioatrayentes o quimio­rrepelentes. Metabolitos secundarios como p-cumárico y ferúlico presentan propieda­des antimicrobianas o moduladoras de la in­teracción planta-patógeno (Ren et al., 2016). Las plantas pueden reclutar activamente mi­croorganismos supresores ante la presencia de patógenos, fortaleciendo mecanismos de resistencia natural (Philippot et al., 2013; Be­rendsen et al., 2012; Huang et al., 2014). Por su parte, las interacciones microbianas, las cuales pueden incluir competencia por re­cursos, antagonismo mediante compuestos antimicrobianos o cooperación metabólica moldean la estructura comunitaria y pue­den influir positiva o negativamente en el desarrollo vegetal. La comprensión de estas interacciones resulta esencial para diseñar estrategias de manejo que fomenten micro­biomas funcionalmente óptimos.

Por otro lado, otro grupo microbiano de gran importancia, los hongos micorrízicos arbusculares dependen estrictamente del carbono vegetal, y sus etapas presimbióticas como la germinación de esporas y ramifica­ción hifal son reguladas por compuestos de los exudados como flavonoides (Bücking et al., 2008). La colonización de raíces por bac­terias promotoras del crecimiento vegetal (PGPR) sigue un proceso altamente regulado que inicia con la quimiotaxis hacia los exuda­dos, continúa con la adhesión y proliferación, y culmina en la formación de biopelículas. Los ácidos orgánicos en exudados juegan un papel clave facilitando dicha colonización (Yuan et al., 2015). Adicionalmente, metabo­litos secundarios como flavonoides regulan la interacción planta–microorganismo ac­tuando como señales, defensas químicas o moduladores del ensamblaje microbiano. Incluso se ha demostrado su papel en tole­rancia al estrés salino y en la inducción de genes necesarios para la simbiosis con rizo­bios (Wang et al., 2022).

 

  • Bibliografia:

ARTÍCULO Interacciones Planta-Microorganismo
Referencias
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Elaborado por: Dra. Ana Luisa Olivas Tarango
MsC. Luis Miguel Trujillo

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